4.
La señorita Judit había acumulado ya un considerable
montón de cartas del señor Alejandro, todas ellas sin sello, sin dirección, sin
remitente, todas ellas con un solo nombre, Ana, y sin apellidos, y seguía sin
decidirse: las cartas del señor Alejandro no podían ir a ninguna parte, y mucho
menos ser devueltas al autor. La señorita Judit tenía clara su función
reguladora en esta cuestión: la frágil normalidad se quebraría por un estúpido
sello, por unas estúpidas letras de más, por un código postal insensible y frío
como el invierno en la pequeña ciudad de provincias.
Los sobres olían a jabón de abuelo.
Seguirían en el cajón hasta que el tiempo se
decidiera a darles salida.
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